jueves, 30 de julio de 2009
Palma de Mallorca, España. Danza. Hand in Hand, por Zhao Limin
sábado, 25 de julio de 2009
Bienvenidos a la génesis de la Libertad Cultural
Árboles
por Carol Miller
Extracto de "México Mío", libro en proceso
I: Los secretos de la vida
Y “¿cómo,” preguntaron los sabios de las culturas de la antigüedad, “se apoya la tierra, si no con el axis mundi, el árbol de la vida?” La repuesta la ofreció el botánico californiano Luther Burbank: “los secretos de la vida pueden sumarse en un árbol”.
Incluso, para los pueblos prehispánicos, los muertos de buen augurio podían reaparecer en la rueda de la existencia como árbol, y la cruz cristiana era, como la misma cruz de sus propias ceremonias, un árbol de la vida. La estela montada en el caparazón de una tortuga, para los chinos y vietnamitas es el árbol de la vida. El palo o tronco que apoya la sombrilla en las imágenes mayas, birmanas, siamesas, jemeras y polinesias, es también el simbólico árbol, con el cual, para ellos, no sólo se apoya el planeta sino que se detiene el cielo.
La costumbre japonesa de ichigo-ichie, la disciplina de convertir cada instante en un tesoro, buscando así la perfección, definitivamente se respalda en árboles, especialmente cuando están en flor, o cuando en el jardín de mi casa se trepa una enredadera de trompetilla, con sus flores escarlatas, entre las ramas de nuestro enorme liquidámbar, creando así un arreglo natural que daría envidia a cualquier esteta japonés.
Son los árboles los que se imponen en nuestra imaginación. Nos arraigan al suelo de este frágil planeta. “Los árboles viejos muestran más carácter que los jóvenes,” dice el Dr. Andrew Weil en su libro, Envejecer con salud, “mas no es por eso que los veneramos, los consideramos sagrados, y organizamos peregrinaciones para contemplarlos. Les rendimos honores porque saben sobrevivir.”
Los árboles fueron formados, decía la Avesta Zand (la versión modificada del libro de Zoroastro) de los mirtos y arrayanes y de las palmeras de dátil, hasta que se creó el Gaokerena (el Irminsul, el Wakah Chan, el Sakaki), culto bien guardado entre los gnósticos de Egipto y Persia, que veneraban el árbol sagrado arraigado en el mar que contiene las semillas de todas las plantas, sobre todo las curativas, y cuyo jugo proporciona el elixir de la inmortalidad.
Todas las culturas antiguas veneraban algún árbol. Tal vez nos referimos al famoso tule o ciprés (Taxodium mucronatrum) en Santa María del Tule, en las afueras de Oaxaca en el sur de México, el árbol de más circunferencia en el mundo. Podríamos incluir el Jomon Sugi (Cryptomeria japonica) en Yakushima, una isla circular al sur de Kyushu in Japón, presumiblemente, aunque no sea probable, de siete mil dos cientos años de edad. O quizás el Sri Maha Bhodi (Ficus religiosa), el sagrado árbol bhodi en Anuradhapura en Sri Lanka, donde supuestamente el Buda recibió su iluminación. Según los adeptos a la filosofía de este gran profeta es el árbol más viejo del mundo.
Existen cedros gigantes (Cedros libani), antiguos cuando los estudiosos judíos redactaban el Viejo Testamento, ahora muy escasos, imponentes en un parque nacional que visitamos Tomás y yo en el Monte Líbano. Las ramas masivas de un abrumador abeto Douglas (Pinaceae pseudotsuga manziesii), en el noroeste del Pacífico americano, convierten en miniatura hasta a las ilusiones más grandiosas. Y, ¿qué tal los viejos, huecos, sugerentes baobab (Adansonia digitata) en África, inspiración para Antoine de St. Exupéry en su Principito? Y, ¿los gigantescos sequoia (Sequoisadendron giganteium), en la Sierra Nevada de California, que llevan el nombre de un cacique indígena y que son los árboles más altos del mundo?
El tamaño, sin embargo, es sólo uno entre varios criterios. Gran número de bonsái (de la palabra japonesa que define el hecho de plantar en charola) pueden presumir de cien, doscientos, hasta cuatrocientos años, tal vez más, pero lo admirable origina no en su edad sino en su estética, en el equilibrio de su exquisita proporción, cultivada constante y minuciosamente.
Aún así, existen otros parámetros. El cariño personal cuenta para algo. En una ocasión, caminando en nuestro parque (en realidad un generoso camellón que, con un poco de ayuda de una imaginación fértil se convierte en un mundo en microcosmos) a dos cuadras de la casa, me encontraba con Memo, el mozo quien nos ayudaba con el jardín y los perros. Estábamos hablando de los árboles, específicamente el liquidámbar (Liquidambar stryaciflua) junto a la ventana de la cocina. Hace mucho, Tomás y yo de viaje, Agustina, nuestra entonces-sirvienta, decidió que el árbol estaba creciendo muy cerca de la casa, y lo mandó podar. “Las ramas invadían la azotea,” nos explicó después, en un intento de justificar su acción, cuando exigía yo una explicación. “Cuando caen las hojas en febrero, se atascaban los desagües.” Y, ¿por qué el mozo en turno no barría las hojas? ¿Por qué Agustina se extralimitó en su autoridad?
El árbol, noble y valiente, por mucho tiempo logró sobrevivir, no obstante con una salud siempre precaria, más aún cuando convertí su jardín en un patio pavimentado para acomodar dos de mis perros, dejando sólo un cuadro de tierra, enmarcado por un filo de concreto, donde sus raíces se podían alimentar, aunque siempre castigadas, preferiblemente con un suplemento de una o dos cubetas de agua al día. Ni siquiera durante las lluvias más torrenciales de la época de aguas recibía lo suficiente para mantenerlo, sin su dosis de agua auxiliar.
Cuando su árbol compañero, al otro lado del patio, frondoso, monumental y esplendoroso, lucía un nubarrón de hermosas hojas tiernas y verdes, los patéticos restos del sobreviviente del asalto de Agustina apenas producían unas pocas hojas tentativas, para adornar lo que quedaba de sus ramas, que poco a poco se iban secando. Mutilado, martirizado, generalmente descuidado sobre todo si estábamos fuera de la ciudad, de todos modos era mi árbol favorito, mayormente por su coraje necio y persistente.
Mientras paseamos los perros por el parque, un día le pregunté a Memo si en su opinión debíamos de darnos por vencidos y dejar secar el pobre árbol, o si podríamos continuar con los intentos de mantenerlo. Mi muchacho, con gran sinceridad, me aseguró que el árbol podía vivir, y que él estaba dispuesto a proveerlo de las dos cubetas diarias de rigor, aumentándolas si fuera necesario, durante la época de estiaje. “Sería una lástima cortarlo, ya que a usted le gusta tanto.” Desde luego, las palabras de Memo las estoy interpretando, ya que él, como la mayoría de los campesinos de las provincias remotas de nuestro país, se expresa, si acaso, en su idioma nativo. Su español es deficiente, y él, en el mejor de los casos, no es muy articulado. En cuanto al árbol, tardó casi veinte años en darse por vencido, pero finalmente no sólo se secaron los restos de sus ramas sino que se convirtió por dentro en polvo fino, y un día, para evitar que se cayera, lo tuvimos que cortar.
II: Un pino disléxico
Con eso me sentí obligada a contarle a Memo la historia de mis amigos, Catalina, una norteamericana, y Gabino, originario de Inglaterra, residentes en un bosque cerca de Albany, en el estado de Nueva York. Apenas unas semanas antes Gabino me había enviado por correo electrónico la foto de un enorme pino, apresado contra un costado de su casa de madera, al final de una vereda rústica. Una flecha dibujada, haciendo un arco a través de toda la foto, indicó con ominosa inferencia, “Aquí puedes ver el árbol que cayó encimo de mi.”
Yo creí que era una broma, o quizás uno de esos insistentes “re-envíos”, con la intención de entretenerme, o filtrar algún mensaje positivo, de optimismo y perseverancia. Se aclaró el mensaje, de lo que fue casi una calamidad, cuando llegó un correo posterior, de parte de Catalina, explicándome que venía en su automóvil, de regreso de su trabajo, cuando Olga, su mamá, le habló por su celular, para avisarle que había ocurrido un accidente. Pobre Catalina. Casi se infartó. Por lo pronto, dejó de respirar. Se había casado con Gabino apenas seis meses antes. De hecho, yo los había presentado, mediante una jugada de backgammon en el Internet. Después de un período de cortejo entre dados y retos, le recomendé a Gabino que visitara personalmente a Catalina, para cerciorar su enamoramiento. Él viajó a Estados Unidos para conocerla, ella hizo un viaje a Inglaterra para presentarse con su familia, y finalmente fijaron la fecha para su boda. Me invitaron a acompañarlos como su dama de honor.
La boda fue en mayo. Al parecer Olga, quien habita la casa de junto a la de ellos, decidió en noviembre que la hilera de seis gigantescos pinos, primero que nada le restaba luz durante el invierno, y por otra parte, evitaba que entrara el sol en la recámara de Catalina y Gabino. No menos significativo, propiciaban el hielo que hacía resbaloso el camino durante los meses de frío.
Ahora bien, a mi me parece que los árboles que restan luz en invierno, cuando de por sí hay poco sol, harían frescos los meses de calor, pero nadie pidió mi opinión y además, nací en el sur de California. No conozco los inviernos severos. Nunca he tenido que pasar una temporada de nieve y hielo. En todo caso, yo amo a los árboles. Vivo en un país donde el problema no es la luz sino la tala indiscriminada, y la escasez en general de árboles, debido no sólo a la industria maderera, sino especialmente a las fogatas caseras, la leña para las chimeneas, y el mal manejo, en general, de nuestras zonas boscosas.
Evidentemente, Olga tenía otro concepto. Teniendo por todos lados un bosque entero, le parecían excesivos los seis pinos, creciendo desmedidamente a lo largo de su camino de acceso. Con eso ordenó que se cortaran. Gabino ofreció ayudar al equipo encargado de la faena. “No más le echaba una mano a mis amigos,” me contó después. No era muy probable que fueran sus amigos. Apenas se había mudado seis meses antes a los Estados Unidos, desde el centro metropolitano de su Londres nativo, para casarse con Catalina, y no estaba, que yo sepa, adiestrado en el arte de la tala de los árboles.
De hecho, el tronco del árbol junto a la ventana de su recámara ya se había trozado y las cadenas colocadas, para asegurar que cayera hacia afuera, cuando inexplicablemente giró sobre su propio eje, ciento ochenta grados, tambaleó peligrosamente, luego cayó hacia la casa, con Gabino en su camino. La Gran Bretaña, con su legado celta, es notoria por su incidencia de dislexia, pero por el hecho de vivir Gabino junto al pino, ¿sería posible proyectar el dominio del lado derecho del cerebro al árbol?
El golpe fue amortiguado por un rincón de la casa, la cual fue casi demolida. El árbol en todo caso quedó con sus ramas incrustadas en la tierra del camino de acceso. Gabino quedó apresado por las ramas, y de haber sido menos afortunado, hubiese convertido a Catalina en una viuda prematura.
De hecho, Gabino se recuperó de un golpe severo aunque no crítico, con un trauma al hombro, la espalda, dos costillas fracturadas, y mucho susto. ¿El seguro médico? “Todavía no cobraba validez,” me explicó Gabino en su carta. “Me convenía esperar tres o cuatro semanas antes de tener un accidente. Me daba mucha pena con Catalina. Creí que iba a enojarse mucho, por el gasto inesperado.”
III: Los pinos en llamas
Para ahora Memo y yo, los perros junto a nosotros, habíamos llegado al tronco de un árbol quemado. Había sido un árbol importante, de gran presencia, elevando sus ramas por los menos veinte metros al aire. “Era un domingo por la mañana,” le contaba a Memo, “muy tranquilo, al igual que el día de hoy, pero hace varios años, con la luna llena todavía suspendida como un plato plateado, arriba del horizonte poniente. Subí por esa loma de pasto verde, levanté la vista, y me di cuenta que el árbol estaba en llamas. No había un solo coche por las calles, y nadie a la vista. Empecé a tocar los timbres de todas las casas. Me sentí como Casandra, la heroína de la Ilíada, porque cuando informé a los propietarios de las residencias en el Pedregal que se quemaba un árbol frente a su puerta, no me creían. Querían volver a dormir. Por fin pasó un pequeño taxi Volkswagen y pedí al chofer su ayuda, antes de que el incendio llegara a los cables de luz.”
Memo quedó muy impresionado con mi relato, estudió con cuidado al tocón y se asombró con la destrucción de un arbolón de veinte metros. “Seguramente se prendió el incendio desde la noche anterior,” me dijo, muy pensativo, “porque si no, ¿cómo podría haberse quemado todo el árbol, con las llamas en al aire.” Hacía un esfuerzo para visualizar el espectáculo.
“Los árboles son bellos,” le dije, “pero también, si son pinos, con su resina escurrida, son un peligro, sobre todo si están muy secos, y unos maleantes le prenden fuego. Se queman aprisa y las llamas lo consumen rápidamente. Este árbol en particular tuvo la sensatez de quemarse en un área abierta. El único riesgo fue el cableado eléctrico. Déjame contarte de una experiencia que tuvimos con la Navidad. ¿Nunca te has preguntado por la ausencia de guías de luces en nuestro árbol?”
Asintió con gran solemnidad, pero consternado. Creo que no entendió mi pregunta. (Creo que mis narrativas son ajenas a su mundo. O quizás, no está poniendo atención.) “Nunca ponemos luces al árbol de Navidad,” le dije de nuevo. Siguió de frente, buscando su camino entre las piedras de lava en el parque. Luego se detuvo, y me miró de frente, esperando que continuara. Todavía no entendía bien. “¿Qué crees que sucede si se hace un corto? Los árboles de Navidad son de pino, ¿no es así? Bueno, ¿qué es lo que distingue a los pinos?”
“Las agujas,” me contestó, con alegría, muy congraciado con su propia perspicacia. (Ahora sí, está picada su curiosidad.)
“No, Memo,” le dije, tratando de ser tolerante. “La resina. Si se prende fuego un árbol de Navidad, que ya está seco, suben las llamas con gran rapidez y se quema enseguida, llevando toda la casa a su alrededor. Así le pasó a una amiga mía.”
Su rostro se volvía incrédulo. “Ella estaba viendo la televisión con su hijo cuando notó un resplandor rojizo en el cuarto de junto. Se asomó para ver qué era. Se dio cuenta de una hilera de flama a través del piso de su estudio, donde había montado el árbol de Navidad, rodeado de todos los regalos. Estaban explotando las botellas de vino, estallaban en llamas las cortinas, y se hacían ampollas de calor en la tapicería de piel del sofá.
“Corrieron mi amiga y su hijo a llevar cubetas de agua pero ya para cuando regresaron al estudio enfrentaban una muralla de llamas. Apenas lograron salir de la casa, ellos con la ropa que llevaban puesta, a más de sus tres perros. Se quemó, o quedó inservible a causa del humo, casi todo su arte, su loza, muebles, tapetes, ropa, artefactos personales. Los cuadros que no quedaron destruidos los mandó a Tomás para su restauración y a mi me mandó las esculturas en bronce que lograron salvarse, para que se re-patinaran.
“La casa, en sí, se salvó.” Memo seguía estupefacto, incapaz de imaginar la destrucción. “Se quemaron sus vigas, y su reventaron las columnas de concreto, pero la construcción, de piedra, quedó intacta. Me acuerdo,” le seguí contando a Memo, “cuando yo tenía alrededor de catorce años. Vivía en la costa de California, donde se construye con palos de madera, lámina de conglomerado y tablas al exterior. Arribé un día de la escuela, y mi casa había desaparecido.”
Memo se detenía. “Pero, ¿qué le pasó?” me preguntó a su vez.
“Yo di la vuelta por el camino de acceso, desde la carretera hacia el final del callejón, que terminaba al pie de una colina. Del otro lado había una barranca, llena de árboles, todavía en llamas. Pensé que me había equivocado de camino, porque no veía ninguna casa. Sólo se levantaba el humo del papel, de una colección de revistas que había guardado mi mamá, curiosamente de la revista Life. Tenía desde el primer número, que salió en 1933, el año en que yo nací. ¿Quién iba a decir que llegaría yo a trabajar como corresponsal en México, años más adelante, de esa misma revista?”
Todavía quedó paralizado Memo. Me estaba mirando pero no captaba lo que le estaba diciendo. “Lo mejor del caso es que en la mañana, cuando me fui para la escuela, mi mamá había llevado mi perra collie al veterinario, para que la bañaran. Nuestra gatita siamesa también se salvó porque se escapó de la casa y corrió por la colina. Se quemaron los cojines de sus patas, pero no fue grave. Todo lo demás lo perdimos.”
“Pero, ¿cómo fue? ¿Por qué se quemó la casa?” (Está poniendo atención a mi relato pero al parecer no tiene mucho interés. Estamos nada más pasando el rato.)
“No sé, Memo. Parece que explotó un tanque de gas. Tuvimos que buscar refugio en la oficina del alguacil. Los vecinos nos llevaron cepillos de dientes y una muda de ropa, para que pasáramos la noche. Éramos, de alguna manera, celebridades en ese pueblo. Todo el mundo sabía que mi mama había salvado un bebé, que alguien dejó en su moisés afuera de la puerta de la cocina. La madre de la criatura, aparentemente una mexicana indocumentada, corrió a esconderse en la barranca y ahí la encontraron los policías. Salió en todos los periódicos de Los Ángeles. Mi mamá dijo que quería quedarse con la bebita, pero no estaba permitido. El proceso y el papeleo tenían que pasar por la burocracia de la oficina de servicios sociales, y la bebita tenía que entregarse a una casa de cuna, mientras se la ofrecían en adopción. (Memo se quedó pensativo. Yo no lo sabía entonces, pero mi muchacho había embarazado a su novia y no sabían qué hacer con el futuro bebé.)
“Vivíamos en una zona boscosa, poco poblada. En aquel entonces era lejos de la ciudad. La casa, dentro de un claro entre los árboles de tamarisco y sicamora (que me encantaban porque estaban asociados con la deidad egipcia Isis), tenía dos pisos. Yo habitaba un cuarto que se había habilitado en la parte de abajo, frente al corral que a su vez daba a la barranca. Un día salí de mi cuarto con la intención de subir a buscar algo que comer en la cocina y me asomé al corral, donde mi collie cuidaba su camada de cachorros, recién nacidos. Me di cuenta que una culebra de cascabel, espalda de diamante, de dos metros de largo, aguardaba en la barra, arriba de la cerca. Estaba preparando un ataque a mis cachorros pero se asustó cuando abrí la puerta de mi cuarto. Quería escaparse hacia la barranca pero corrí al garaje, tomé el hacha de mi padrastro, y la maté. Me daba pena, pero ¿qué otra cosa podía hacer? A los pocos días encontramos su pareja, pero se nos perdió entre la maleza.”
IV: Un amor ardiente
Seguimos caminando, ahora en silencio. De repente se paró Memo. Empujó a un lado su mata de pelo negro, con un gesto veloz de su mano, y se me enfrentó con una mirada trágica. También tenía una anécdota que contar. “En mi pueblo,” comenzó, “por la sierra del lado del Pacífico en Oaxaca, tierra de la Virgen de Juquila, hace como dos años y medio, había un muchacho. Lo conocía. Éramos compañeros de primaria. Se enamoró de una muchacha de la aldea de junto. Ella había tenido un novio pero rompió con él. Empezó a salir con mi amigo y estaban haciendo los planes para su boda. Fijaron fecha, fueron de peregrinación al santuario de la Virgen, y toda la aldea estaba planeando el banquete, y la música, y la fiesta.” Se detuvo para respirar. Aprovecharon los perros para mordisquear los últimos retoños de pasto aún no quemados por el frío de noviembre. “Mi amigo estaba loco por esa muchacha.”
“Luego, ¿qué pasó?” le pregunté. (Debe de haber un motivo para justificar este relato, pensé para mi.)
“El ex novio, enfurecido, fue a la plaza de la aldea de la muchacha, con una pistola cargada.”
“Y, ¿qué pasó?” (Definitivamente, me espera un motivo, y no estoy segura que lo quiero escuchar.)
“Empezó a tirar. Trozó los cables eléctricos para que no hubiera luz, y no podía acontecer la boda. No había luz para la iglesia, no había luz en la plaza, y no había luz en la casa que mi amigo había alquilado para la fiesta.”
“Pero, ¿a quién se le ocurre semejante estupidez? Espero que nadie quedó lastimado.”
“Sí se lastimó alguien. De hecho, se lastimó todo el pueblo, y el campo, y la sierra. Las chispas de los cables, cuando cayeron al suelo, prendieron fuego al pasto seco. Se encendía. No tardó nada para que también se encendieran los árboles. Los animales corrieron para salvarse de las llamas. Enseguida se devastaron cuatro hectáreas. El humo se metía a las casas y la gente se ahogaba. Varias casas también se quemaron. Se tuvo que cancelar la boda.”
“¡Qué terrible historia!” le dije.
“Sí, terrible,” me contestó Memo. “Todos esos árboles achicharrados. Los animales. La gente sin casa. Mi papa encabezaba un comité. Llamó al servicio forestal para que nos donara cientos de pinos chicos y todo el mundo cooperó, para plantarlos. Primero los insertaron en la tierra en sus bolsas de plástico negro, pero ya que habían prendido, se trasplantaban. Van muy bien. Están creciendo.”
“Me imagino que la gente en tu montaña cuida mucho a los árboles, ya que les costó tanto trabajo plantarlos.”
“Excepto el muchacho que baleó los cables. Él fue a dar a la cárcel. Dijo que no quería hacer ningún daño, sólo evitar que la muchacha se casara con otro hombre, pero mira, todo el daño que provocó. Nuestro bosque estaba negro, lleno de tocones quemados. La gente pasó meses limpiándolo para poder plantar los pinos chicos.”
“¡Qué suerte que tu papá encabezaba un comité! Seguramente le ayudó el gobierno del estado.”
“Para nada. Las aldeas por nuestra sierra ni existen para el gobierno del estado. Nos tienen olvidados, al menos que se acerca una elección. Entonces llegan los políticos y tapizan el pueblo con los cartelones de los candidatos. Presentan discursos y reparten camisetas y pancartas. Se supone que después de las elecciones tienen que recoger su basura, pero nunca lo hacen.”
“Y, ¿qué pasó con los animales en el bosque?”
“Eso es lo bueno, tenemos muchos venados, más ahora que se han plantado los nuevos árboles. El bosque les da protección. Los campesinos antes los mataban para comerlos pero ya no se permite. Alguien que lastima un venado, lo mismo una persona que corta un árbol, tiene que pagar una multa. Puede ir a la cárcel. Mi papá encabeza el comité.”
oOo
jueves, 23 de julio de 2009
Chichén Itzá la voz de Kukulkán / Claudio Obregón Clairin
Monasterio de Santa María de los Reyes
por Carol Miller
Extracto de "MEXICO MIO", libro en proceso
I: Huatlatlauca
A las tres de la tarde el despiadado sol de marzo se encuentra todavía en alto. Se ve poca gente en las dos calles paralelas (solo una de ellas está pavimentada) de un pueblo elusivo, apenas visible en el mapa y casi inexistente en la realidad. Sólo podemos distinguir a dos hombres muy concentrados en la labor de la reparación de su venerable vehículo, dos niñas quienes fueron a recoger las tortillas para la comida, y un perro, olfateando la cuneta. .
La plaza ocupa el centro del pueblo. Está dominada por un edificio sencillo, más bien una casa tendiendo a solemne, recién pintada de blanco, de un solo piso. Por lógica, por la bandera y el escudo arriba de su puerta principal, deberíamos de asumir que es la presidencia municipal. Locales comerciales la enmarcan por los dos lados, mirando hacia el “parque”: un pequeño espacio del lado opuesto de la calle, sembrado con un pasto desmejorado por la falta de agua, con una resbaladilla y un columpio, debajo de tres o cuatro árboles soberanos, cuyas ramas se extienden generosamente, ofreciendo una plenitud de sombra.
Hemos hecho el viaje hasta este remoto lugar para recorrer la estructura amplia y señorial, que se asoma más allá del parque, recluida dentro de un recinto demarcado por imponentes murallas evidentemente, por sus dimensiones y diseño, virreinales.
Este monasterio, un exconvento franciscano dedicado a Santa María de los Reyes, es el último, es decir el más distante, en el paisaje conventual del siglo dieciséis de la sierra sur del estado de Puebla, a partir de Amozoc y Tepeaca (cuyos exconventos ocupan un lugar importante en el centro de sus pueblos respectivos), el exconvento en ruinas y museo arquitectónico de Tecalli de Herrera (centro de una gran producción de objetos en ónice), Cuahtinchan (gran obra de rescate que abarca una pinacoteca de pintura colonial y escritura ideográfica pre-conquista), el solitario y sombrío Tecamachalco en la cima de su cerro, y Huaquechula (sede en noviembre de un concurso de altares de muertos), todos elevados sobre anteriores pirámides ceremoniales prehispánicas, finalmente proyectos de recuperación patrimonial después de siglos de abandono y negligencia, que Tomás y yo habíamos recorrido, en efecto, casi adoptado, durante los dos años anteriores.
II: El ex convento
Podemos apreciar el conjunto desde la cima de las escaleras de hierro de la resbaladilla. La vista domina el atrio, y la reja que separa el parque de la iglesia. La entrada principal en realidad se encuentra a la vuelta, sobre la calle que bordea la barranca, y se alcanza al caminar unos cuantos metros, para entrar de frente, dando directamente a la iglesia, con los arcos de la “capilla de indios” o “capilla abierta”, ahora clausurada, a su izquierda. Cinco pequeños arcos, muy sencillos, casi rústicos, se extienden del lado opuesto, sobre el lado derecho de la entrada a la iglesia. Están pintados en el tono de pálido azul verdoso como de los huevos del pájaro petirrojo. Un portón de madera, elaboradamente tallada, indica el acceso al claustro. La puerta está cerrada con un pesado candado. Un muchacho de camiseta desgastada y pantalones de mezclilla, mientras barre la arcada, nos explica que el cuidador, Javier, se acaba de ir a comer.
La iglesia, no obstante, se encuentra abierta. Dos jóvenes artesanos, que se dirigen entre sí por sus nombres – el Maestro Carlos y Ángel, su asistente—hacen una laboriosa reparación a la hoja de oro del altar lateral, y nos explican que Javier por lo general se demora por lo menos dos horas. Observan la tristeza y descontento en nuestros rostros, entonces continúan con un consuelo: no necesariamente tarda tanto, porque se conocen casos en que sólo ha tardado una hora, incluso media hora. Están haciendo mucho esfuerzo por ser amables.
“¿A qué horas se retiró?” les preguntamos. Su respuesta es vaga. En realidad, estaban ocupados en sus labores y no se fijaron. “Y, ¿ustedes no comen?” Nos explican que tomaron una torta y un refresco, hace tiempo, sentados en su andamio. Les dio flojera bajar.
III: Un jardín encantado en una viga de madera
El deterioro a la estructura lleva siglos avanzando, en parte por su ubicación tan remota, pero dos temblores menores, un año antes, abrieron grandes grietas, tumbaron parte del recubrimiento y debilitaron las extraordinarias vigas talladas, junto con sus molduras – un jardín mágico retacado de bestias mitológicas, frailes piadosos, fantasiosos guerreros precolombinos, todo realizado con exquisito detalle, de hecho una obra única entre las estructuras franciscanas de la época. Habíamos visto muchas y no existía una obra semejante en ninguna parte.
Huatlatlauca había sido, antes de la llegada de los predicadores mendicantes del siglo dieciséis, el centro de una región copiosamente habitada, ahora definida por los residentes actuales como mixteca, pero en realidad la población más temprana en la zona correspondía a los olmeca-xicalanca, grupos que habitaban la llanura costera y que penetraron en la huasteca, las praderas de Puebla, hasta Chalcatzingo y más allá en el estado de Morelos, por las faldas del gran Popocatépetl. Estos grupos posteriormente fueron relegados por el expansionismo de los bélicos chichimecas, los mismos “bárbaros del norte” que inicialmente emigraron desde Coahuila hacia el centro de México, entrando alrededor del año 1100 en el valle de Puebla.
Los chichimecas, con el tiempo, compartían el área con los popolocas, hasta que ambos fueron ahuyentados. Encontraron un refugio en la árida y pedregosa Sierra Tentzo, parte de la Sierra Mixteca entre los actuales estados de Puebla y Oaxaca, cerca de 1465, cuando entró en la zona una invasión azteca, tan intensa, y tan duradera en su influencia, que hasta la fecha se habla el náhuatl en esta, como en muchas regiones, incluso en la costa, en la sierra norte de Puebla, hasta en los valles de Oaxaca misma. De hecho, la mayoría de los festejos aquí, a más de las ceremonias religiosas, todavía se efectúan en náhuatl.
Y así se detuvo el tiempo, en parte porque Huatlatlauca dejó de servir como la encrucijada estratégica en la sierra sur de Puebla, e incluso su importancia para los franciscanos se fue amainando, al trazar nuevos caminos que conducían a más diversos mercados, mientras la mercancía llegaba por otras rutas, dirigida a otras fuentes de consumo. Huatlatlauca, por tanto, se encuentra al final – en todo sentido-- del camino vecinal.
IV. Javier
Los primeros frailes franciscanos en la misión fueron evidentemente visionarios, con un gran sentido estético. Dejaron una presencia inconfundible en las vigas talladas, a más de los páneles de madera dentro de la nave de la iglesia o alrededor del coro – tal vez el ejemplo más importante, ciertamente el más fino, de una iconografía franciscana, del siglo dieciséis todavía existente, en realidad una mitología inusitada, tal y como fue interpretada por los artesanos indígenas—pero ya para 1569 los franciscanos habían cedido su jurisdicción en la zona a los agustinos. Los nuevos propietarios, durante el siglo dieciocho, terminaron la construcción de lo que era el cuerpo principal del monasterio, para esas fechas con rasgos barrocos. Para poder apreciar cabalmente la obra, no obstante, tendríamos que esperar el regreso de Javier, el cuidador, o por lo contrario, buscar la forma de irnos tras de él.
Se me ocurrió asomarme en la tienda enfrente del parque, al otro lado de la calle. ¿Quién mejor que un comerciante para informarnos sobre el paradero de Javier? Un niño muy joven, de tal vez cinco años, estaba acostado boca abajo sobre el piso, rodeado de crayones, mientras arrancaba y tiraba las páginas de un cuaderno ya en garras. “¿Le puedo ayudar en algo?” me preguntó, con una madurez por mucho en exceso a sus años.
Traté de enfocar mi vista, entre los resplandores de sol de la media tarde, que entraban directamente desde la puerta de la calle al interior del local. Poco a poco podía discernir los pequeños vestidos blancos colgados por diminutos ganchos alrededor de las paredes de la tienda. Evidentemente no se vendían con regularidad ya que la mugre de años manchaba las telas. Dentro de una vitrina se percataba joyería de plata, sin pretensiones. Un foco pendía de un largo cable sujeto al techo.
“¿Dónde está tu mamá?” le pregunté al niño. “¿Te encuentras aquí tu solo?”
“Yo cuido la tienda,” me dijo, con gran ceremonia, pero no se levantó del piso. Más bien me cerró un ojo. El guiño de un comediante. “Mi padre se encuentra en el campo y mi mamá en la panadería.”
En ese momento entró desde la calle una niña. Tenía tal vez siete u ocho años, quizás más, y estaba muy ocupada. Tenía prisa. Cargaba en su mano una hoja de papel de estraza. Obviamente iba rumbo a la tortillería. Le pregunté si conocía al cuidador del exconvento. Me dijo que sí, y empezó a explicar, en elaborado detalle, cómo llegar a la casa de Javier. No podría haber sido tan complicado, menos en un pueblo que contaba con sólo dos calles, pero por una parte, no todo el mundo cuenta con el don de la descripción, y por otra, descubrimos con la experiencia que la gente de habla-náhuatl es por su naturaleza muy verbosa.
“Sería bueno que me llevaras,” le dije, “para que no me pierda. Podemos recoger de regreso tus tortillas. ¿Por qué no le preguntas a tu mamá si no le importa?”
Parece que estaba de acuerdo, porque me tomó de la mano y me llevó por la calle, pasando primero la puerta de junto, aparentemente alguna especie de oficina, todavía con un viejo escritorio, hace mucho abandonado. La puerta a continuación revelaba una fonda con cuatro mesas, sus comensales comiendo sistemáticamente, sin mayor expresión de júbilo o aprecio. Justamente antes de que la calle se desplomara en una barranca se encontraba la última puerta, de metal, caliente al tacto, que conducía a un espacio oscuro dominado por un enorme, pero muy desgastado, horno panadero, su parilla de gas a toda capacidad. Faltaba oxígeno para respirar y el aire disponible estaba espeso con grasa. Hacía calor, más que en la calle.
Una mujer de veintiocho o treinta años, de camiseta muy delgada por muchas lavadas, falda de algodón desteñido, sandalias de un cuero muy desgastado, y un collar de semillas hiladas en su cuello, se encontraba doblada arriba de un gran tazón de masa. Sacaba pequeñas cantidades que iba formando en sus manos. “Mis polvorones,” me dice, como si nos hubiésemos conocido hace años.
Acomodaba sus polvorones ordenadamente en charolas galleteras. Un joven, según ella me lo explica, el mayor de sus cuatro hijos, en ese momento retiraba una lámina de polvorones del horno. Inmediatamente la mujer me dio a probar uno de ellos. Al titubear, me insistía. Estaba delicioso. Quería pagarle, para poder llevar más, ya que Tomás me esperaba en el parque de enfrente, pero no me dejó. “Son los tradicionales polvorones de Huatlatlauca,” me dice. “Ayer me tocó hacer bolillos, entonces hoy tengo que hacer el pan dulce y los polvorones.”
Ya somos grandes amigas. Amelia, se llama. La niña le había explicado que buscamos a Javier, el cuidador del exconvento, y con eso Amelia me abraza, con una efusiva sonrisa. “Es mi primo. No tarda en llegar.” La contemplo mientras forma y hornea sus polvorones y seguimos platicando, cuando abre la puerta, y entra el sol de la calle, como una aureola alrededor de un hombre chaparro y fornido, su mano extendida hacia mi, a manera de saludo.
“¿Quién me busca? ¿Para qué soy bueno?”
Apareció Javier, en pantalones de algodón negro, bien usados, una camisa de mezclilla y sus pies, torcidos por una juventud pasada en la labor del campo, metidos a la fuerza dentro de huaraches de piel tiesa. Colgaba de su mano un niño muy serio, de unos cuatro o cinco años de edad.
“Miguel Ángel nunca me suelta,” me dice Javier, mientras le pone un polvorón en la mano al niño. “Le encantan los polvorones de Amelia. Son nuestra gran tradición. Los hace especialmente en enero, para la fiesta de los Santos Reyes.”
Me explica Javier, quien ya se presentó formalmente (“para servir a usted y a Dios”), que uno de los festejos más imponentes y significativos del pueblo se celebra con la Epifanía, o Día de Reyes, el seis de enero. “Hacemos ofrendas de palmito, que todavía crece por acá.” En la antigüedad, me explica, el palmito servía como un símbolo de fertilidad, pero ahora se aplica a los emblemas cristianos. Los adornos, me dice, incluyen las tres figuras de los santos reyes en sus nichos sobre el altar mayor, dentro de la iglesia del exconvento. “Durante seis días un mayordomo de cada uno de los cinco distritos, por turno, ofrece una fiesta, lleva flores al templo y sacrifica una res para proveer al pueblo entero de un banquete. Tiene usted que regresar, para celebrar con nosotros.”
También, me explica, se celebran un jaripeo, la Danza de los Moros y Cristianos, y una presentación teatral del “Ángel Caído”, designado indistintamente Bezelbel, Belial, Mastemah, Lucifer y Satanás, que acontece dentro del atrio de la iglesia. Javier me observa mientras tomo nota de los nombres en mi cuaderno. Se asoma para ver si los escribí bien, mientras Miguel Ángel, con un polvorón en cada mano, se ha acomodado en un banquito en la esquina de la panadería.
Los festejos, dice Javier, aportan al éxito de la ocasión, para la cual los organizadores han laborado durante un año entero. Durante los otros once meses una cofradía, con custodia rotante, cuida las capillas de cada jurisdicción, y así ha sido la vida, sin más interrupción, a pesar de los temblores o las reparaciones a su hermoso monasterio, desde el siglo dieciséis.
V. El claustro
Cruzamos la plaza y buscamos a Tomás, quien todavía me espera en el parque. Ahora, guiados por Javier y Miguel Ángel, y fortificados con una bolsa de polvorones, obsequio de Amelia, ganamos acceso al extraordinario repertorio de imágenes bíblicas que decoran los muros de los niveles tanto altos como bajos del interior del claustro. “El arte es gobernado por la imaginación,” dijo Benedetto Croce, en la Florencia del Medioevo. “En la imagen – creada, interpretada-- se descubre su única riqueza.”
Las pinturas de Huatlatlauca habían sido restauradas varios años antes de nuestra llegada, pero de nuevo se habían desdibujado. Parecían dormidas y acabadas de despertar, dentro de un pálido y somnoliento espacio, de hecho pequeño, muy sacudido por repetidos temblores que evidentemente, al juzgar por el diseño de las columnas rechonchas y bajitas, desde el inicio de su construcción. Es una arquitectura pragmática, acomodada con sensatez a una realidad de la región.
Las figuras pintadas sobre los muros del nivel inferior, rodeadas por intrincadas guirnaldas de flores y las enormes y fantasiosas hojas de árboles imaginarios, incluyen a Santa Mónica, naturalmente, porque era la madre de San Agustín, pero abarcan también a San Nicolás de Tolentino, patrono de las almas del purgatorio (devoción de los agustinos recoletos), San Guillermo (el monje templario de Tolosa que ahuyentó a los musulmanes del sur de Francia), y una selección entre sus mártires desde el inicio de la orden agustina.
El friso, muy dañado, que forma la franja superior de la composición, abarca santos y apóstoles, enmarcados por medallones, y envueltos por plantas, pájaros, animales y ángeles, repetidos como el ritmo de una canción, una y otra vez, entrepuestos con el Ángel de la Muerte y los emblemáticos Siete Pecados Capitales, al igual que pastores compasivos, frailes benévolos, y un coro de eufóricos sacerdotes, todo ejecutado con gran ingenuidad y simbolismo, que nos va enseñando, señalando con su dedo, el pequeño hijo del cuidador
Más elaboradas, y mejor conservadas, son las cuatro pinturas adicionales que decoran los cuatro rincones del patio. Describen dos incidentes presumiblemente documentados durante la flagelación de Cristo, a más de la Crucifixión y la Resurrección, eventos fácilmente asociados en la mente de los indígenas con la transfiguración de sus deidades antiguas, que se crearon y se recrearon a voluntad – hombres-jaguares, mujeres-serpientes, reyes infantes descendidos de los dioses con el derecho al trono—ratificando así su divinidad y el privilegio de gobernar, mientras transforman los santos en el papel, señalado especialmente, de “deidades protectores”. Y así se edificó no sólo una misión evangelizadora, no únicamente una religión importada de tierras lejanas, sino un sincretismo, que se proyectó en el mestizaje.
La imposición católica a la cultura indígena, aunque destruyó edificios y transformó ídolos, desarrolló una síntesis pocas veces presenciada en la historia de las conquistas. En México se creó una cultura nueva, una vital compaginación mitológica, que evolucionó junto con una nueva raza, hasta que se borraron las distinciones entre uno y otro. Lo que existió, a la llegada de los españoles, no se abolió, sino que se convirtió en una narrativa, para hacerlo accesible, lo mismo en el siglo dieciséis como en la actualidad.
“¿Qué le parecen mis santos?” me pregunta Javier. “Yo llevo desde la edad de Miguel Ángel cuidando este claustro. Ayudé a los restauradores, incluso me dejaron pintar las flores. Cuando Hernán Cortés pasó por acá, dejó los frailes que fundaron la misión y desde entonces, nuestra gente ha pintado la historia de la fe. ¿Ustedes sabían que Cortés pasó por acá? Estamos en la mera ruta de su entrada al valle de Puebla, cuando venía con sus soldados y sus caballos, y le seguían los enemigos de los aztecas. Aunque hablamos su idioma, todos éramos enemigos de los aztecas. Cortés venía a liberarnos, y a traernos una nueva cultura. Ahora bien, ¿ya apuntó usted todo, en su cuaderno? Si algo le faltó puede verlo de nuevo, cuando regresan en enero para la fiesta.”
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Cabo San Lucas, Baja California Sur, México. Taller de danza Clásica Y Contemporánea. Nin-Yo Dojo.
Durante el gobierno de Narciso Agúndez Montaño(2005-2011), teniendo la presidencia del municipio de Los Cabos el C. Luis Armando Díaz (2005-2008, actual Secretario General de Gobierno) y a la Profa. Tonantzin Puls como dirigente de la cultura del mismo municipio; estas eran las condiciones de la Casa de la Cultura de Cabo San Lucas. Condiciones en las que tenía que gestarse y desarrollarse no solo la danza, sino la educación y cultura de los ciudadanos de esta localidad. El piso además de estar en condiciones terribles se encontraba siempre muy sucio y con cucarachas bajo la duela de madera conviviendo y danzando con los menores. Es sabido por todos que la descentralización del arte y sus actividades es siempre pionera y difícil en este país, pero lo que resulta curioso es el proyecto cultural de Agúndez propuesto para la celebración del segundo bicentenario de independencia de México, es decir, el Pabellón Cultural de la República. Un costoso, ostentoso y amplio complejo en donde convergerían escuelas profesionales de arte con grandes escenarios y un museo enfocado a la biodiversidad. Hasta la fecha no ha empezado la construcción de dicho centro cultural, y las mejoras en el salón de danza (equipo de sonido, cambio de duela, aires acondicionados, tapetes de trabajo, limpieza.) se han logrado gracias al pedimento constante verbal y por oficio, acción que me ha valido todo tipo de calificativos por parte de autoridades y parias del arte que siempre circulan en torno al trabajo bien hecho de los profesionales.
Resulta también irónico las grandes cantidades de dinero que se gastaban en "eventos culturales", a través de los cuales las autoridades decían fomentar la educación y la cultura y que la institución de cultura, la columna vertebral de la cultura en Los Cabos (dicho por ellos) resulte en condiciones deplorables. ¿Pasará en otros estados de la República?
Taller: Danza Clásica y contemporánea 2
Dirección: Keops Guerrero. Nin-Yo Dojo.
http://keopsguerrero-nin-yo-dojo.blogspot.com/
NOTA. La niña que aparece de negro en el video curiosamente es sorda al 100%
miércoles, 22 de julio de 2009
Palma de Mallorca, España. No importa...Video.
El mundo es una Isla (decía Jack Cousteau) y México un oasis, si esto se puede hacer alrededor del planeta, lo que se podría hacer en México...
http://vimeo.com/moogaloop.swf?clip_id=2539741